autora: Maria Sabaté y Sánchez
Trabajadora Social de la Residencia Tres Pins. Sant Pere Claver- Fundación Servicios Sociales.
Residencia Tres Pins: adaptabilidad y superación
Si nos centramos en hablar en cómo esta pandemia ha afectado a las personas con discapacidad intelectual que viven en residencias y, más concretamente, a la Residencia Tres Pins, me arriesgaría a decir que sus proyectos de vida se han visto parados y se han vulnerado muchos de sus derechos fundamentales.
En la Residencia Tres Pins conviven un total de 27 personas con discapacidad intelectual leve-moderada y con trastornos de conducta. Somos muchas las profesionales que trabajamos para acompañar a estas personas. Sin embargo, no podemos hablar de acompañamiento sin destacar la tarea llevada a cabo por las personas voluntarias, quienes, aportando parte de su tiempo, hacen más fácil el día a día de las residentes. Todas nosotros ponemos de nuestra parte para que la residencia sea un espacio seguro, confortable, íntimo… Nuestro objetivo principal es que las personas que residen en él sientan la Residencia Tres Pins como su casa, que tengan el mayor bienestar físico y emocional y , en definitiva, que disfruten de la mayor calidad de vida posible.
Antes y después de la pandemia en la Residencia
Antes de la pandemia, velar por que las personas que atendemos pudieran llevar una vida lo más independiente posible era una cuestión primordial. Trabajábamos conjuntamente con ellas para que tuvieran aumentaran su autonomía y pudieran vivir sus vidas con independencia. Además, como profesionales, tenemos mucha responsabilidad y tomamos decisiones constantemente que afectan a las personas que acompañamos y determinan sus presentes y futuros.
De ahí que nuestras acciones no puedan resultar nunca arbitrarias; debe haber marcos legales, teóricos y prácticos que guíen, expliquen y justifiquen el porqué de nuestras intervenciones profesionales. Por ejemplo, las intervenciones en el centro vienen marcadas porque están presentes documentos como la convención de Nueva York y el uso de herramientas como la escala de calidad de vida. También porque las profesionales participamos en espacios de reflexión ética y de supervisión profesional donde nos cuestionamos hacia dónde deberían dirigirse nuestras intervenciones.
Sin embargo, con la pandemia esta prioridad se vio sacudida desde el principio. Los esfuerzos por parte de los gobiernos se han centrado en la prevención contra el virus. En consecuencia, nos centramos en la salud física de las personas a las que acompañamos, siendo esta prioritaria en detrimento de otros aspectos que también resultan importantes para garantizar una buena calidad de vida. Tal y como describen desde DINCAT: “Ha supuesto un conflicto entre la preservación de la salud física ante la pandemia y la salud entendida como el bienestar de la persona de forma más holística”.
Como profesional, destaco sentimientos tales como frustración y desgaste emocional, así como la dificultad de trabajar con protocolos y directrices que llegan desde el Departament de Salut. El margen de actuación siempre ha sido muy fino, ya que debíamos seguir las directrices emitidas y, al mismo tiempo, debíamos transmitirlas a residentes y familias, las cuales se encontraban muchas veces desorientadas con tantos cambios seguidos.
No debemos olvidar que los protocolos han ido variando y, en muchos casos, el objetivo principal ha estado siempre relacionado con la prevención, sin tener en cuenta otros aspectos como la salud mental. Esta situación ha exigido a las profesionales trabajar con una capacidad de adaptación muy rápida y trabajar con la incertidumbre de forma constante.
Me gustaría destacar también el papel de las personas voluntarias, quienes todo haberse visto inmersas ante esta situación, han seguido apoyándonos. Han sido esenciales y se han adaptado con rapidez para seguir ofreciendo los acompañamientos que hasta ahora realizaban. Se han mostrado presentes, queriendo reanudar cuanto antes los talleres y/o actividades que dinamizaban junto con el equipo de atención directa.
Podemos ejemplificar el impacto en las personas residentes destacando que ha sido notable la disminución e incluso extinción de su participación social y comunitaria, además del aislamiento continuado. Estos hechos han comportado la pérdida de ciertas relaciones interpersonales de forma temporal y/o definitiva, puesto que han sido meses sin ver a sus familiares y gente querida. Por otro lado, ha supuesto la extinción de toda participación comunitaria como la asistencia a actividades y talleres a los que estaban inscritos o el voluntariado que algunas personas estaban llevando a cabo tanto dentro como fuera de la propia fundación. No ha sido hasta ahora, en los meses de otoño de 2021, que nos hemos podido plantear recuperarlas de nuevo.
¿Qué ocurrirá cuando la voluntad no sea una opción viable o posible?
Sería un error quedarnos con la dificultad existente y no ir más allá. Es importante que nos preguntemos qué hacemos a partir de ahora. Covid-19 seguirá entre nosotros y los proyectos de vida de cada una de las personas que viven en la residencia, no pueden seguir parados. Debemos reanudar lo que hemos dejado en pausa y darle continuidad. Desde la residencia recuperamos de nuevo el reto de seguir trabajando por ser facilitadores para la consecución de objetivos que permitan desarrollar los proyectos de vida de cada una de las personas residentes.
Referencias bibliográficas:
Enlaces de interés:
- Cápsula sobre el impacto emocional por la cóvid-19.
- La Cápsula. Artículos divulgativos de actualidad.
- Vídeo campaña #SiJoHoFaigTuTambién. Residencia Tres Pins
- Residencia Tres Pins.